Selección de microrrelatos escritos por el alumnado del taller LITERATURA VIVA.
sábado, 23 de junio de 2012
Ilu Cambero en 'El Norte de Castilla'
El recorte de prensa aparecido el pasado 15 de junio de 2012 con los premiados en el certamen Café Compás en el que quedó finalista nuestra compañera María I. Cambero. Si pincháis en la imagen os podéis descargar el pdf.
miércoles, 20 de junio de 2012
Sobre el XV Premio Literario "Café Compás"
Noticia aparecida en El Mundo, edición Valladolid, sobre el XV Certamen Literario "Café Compás" en el que resultó finalista María I. Cambero con el relato "Baile de máscaras".
"Gracias al relato "Una escena pintada por Eugène Delacroix", presentado con la firma literaria de Calderón Samaniego —ya conocida por novelas como La mirada azul—, el arquitecto y profesor de la ETS de Arquitectura de Valladolid Daniel Villalobos ha recogido el primer premio del XV Certamen Literario 'Café Compás'. El autor de Cuaderno de dibujos de viajes o Hasta los pies del Himalaya ha compartido podio con la ganadora en la edición anterior, Ana Ayuso, merecedora este año del primer accésit con el relato corto titulado 'Primavera', y con el ganador de 2010, Fernando Martínez López, ahora segundo accésit con 'Psicoanálisis'.
Los responsables de la Asociación Literaria y Cultural han entregado los premios en un acto celebrado en el Paraninfo de la Universidad de Valladolid, presentado por el periodista de EL MUNDO Tomás Hoyas.
Junto a los tres grandes triunfadores de esta edición, celebrada bajo el título de 'Sueños de Eros', no han faltado los tradicionales siete finalistas cuyos relatos contribuyen a dar cuerpo al libro que cada año edita la asociación: María Iluminada Cambero ('Baile de máscaras'); Juan Feu Desongles ('La Malenita'); Jorge Saiz Mingo ('María Zemanova'); Santiago Redondo Vega ('Catorce versos'); María Antonia Pelaz Gento ('La pecera de Eros'); Luis Valverde Álvarez ('Un objeto olvidado) y Marcos San Millán Fadrique ('El afortunado y erótico atributo de Leandro)".
En la imagen, portada del libro con los diez relatos finalistas.
"Gracias al relato "Una escena pintada por Eugène Delacroix", presentado con la firma literaria de Calderón Samaniego —ya conocida por novelas como La mirada azul—, el arquitecto y profesor de la ETS de Arquitectura de Valladolid Daniel Villalobos ha recogido el primer premio del XV Certamen Literario 'Café Compás'. El autor de Cuaderno de dibujos de viajes o Hasta los pies del Himalaya ha compartido podio con la ganadora en la edición anterior, Ana Ayuso, merecedora este año del primer accésit con el relato corto titulado 'Primavera', y con el ganador de 2010, Fernando Martínez López, ahora segundo accésit con 'Psicoanálisis'.
Los responsables de la Asociación Literaria y Cultural han entregado los premios en un acto celebrado en el Paraninfo de la Universidad de Valladolid, presentado por el periodista de EL MUNDO Tomás Hoyas.
Junto a los tres grandes triunfadores de esta edición, celebrada bajo el título de 'Sueños de Eros', no han faltado los tradicionales siete finalistas cuyos relatos contribuyen a dar cuerpo al libro que cada año edita la asociación: María Iluminada Cambero ('Baile de máscaras'); Juan Feu Desongles ('La Malenita'); Jorge Saiz Mingo ('María Zemanova'); Santiago Redondo Vega ('Catorce versos'); María Antonia Pelaz Gento ('La pecera de Eros'); Luis Valverde Álvarez ('Un objeto olvidado) y Marcos San Millán Fadrique ('El afortunado y erótico atributo de Leandro)".
En la imagen, portada del libro con los diez relatos finalistas.
jueves, 31 de mayo de 2012
Encuentro en Haro (18 de mayo de 2012)
Asistentes a la convención reunidos en los salones de las bodegas de “La Rioja Alta”. Las obras de arte que cuelgan de las paredes son parejas en grandeza a las creaciones literarias de los personajes que conforman la reunión. (En esta foto faltan los anfitriones, Ángeles y Carlos).
La Convención tuvo como resultado la resolución de crear una Asociación para dar continuidad a los encuentros de los miembros del Taller de Literatura Viva de la Alhóndiga de Bilbao.
Se decidió por unanimidad que dicha entidad se llamará “Asociación Literaria Espíritu de la Alhóndiga”
Se determinó que inmediatamente se empezarían a hacer los trámites oportunos para el registro de la Asociación en el Departamento correspondiente del Gobierno Vasco, como indica la ley.
Incansables en su tarea, decidieron trasladarse a Baños de Rioja, pueblo natal de Sixto Camero Tecedor que se convirtió por obra y gracia del destino en “el espíritu de la Alhóndiga”.
A la vera del río Oja y protegida de los aires del norte por un montículo redondeado por vientos boqueados durante siglos, se encuentra el pequeño pueblo de Baños de Rioja.
Como otros pueblos agrícolas, tiene una Calle Mayor en donde se encuentra la Iglesia, el palacio-torre que perteneció a los señores del lugar, algunas casas con fachada de piedra y otras, la mayoría, de sencilla construcción.
Entre ellas, la que albergó el nacimiento en 1881 de Sixto Camero Tecedor que, por circunstancias cruzadas en su destino, se convirtió años más tarde en el espíritu de la Alhóndiga de Bilbao.
Esta casa también tuvo como testigo los juegos de Sixtito con un primo hermano con el que compartía nombre y segundo apellido y que llegó a ser un prestigioso científico como atestigua la placa en su honor colocada en otra edificación de la calle Mayor.
Muy dispar destino el de ambos primos. Mientras uno optó por estudiar, el otro prefirió quedarse en el pueblo y adoptó el oficio de mulero. Este trabajo le permitía conocer parajes y gentes nuevas. Su carreta cargada con pellejos de vino y tirada por mulas se hizo familiar en lugares tan lejanos como Bilbao.
Fue en esta Villa donde le sorprendió la muerte la madrugada del miércoles, 21 de mayo de 1919.
Sixto había ido a entregar su carga de vino a la Alhóndiga como había hecho en otras ocasiones. Su cuñado, que trabajaba en el almacén de vinos, le abrió la puerta de una de las cúpulas para que pasara la noche. Estaba agotado y había bebido más de la cuenta. El candil que iluminaba la estancia se volcó y eso fue el comienzo de uno de los incendios más grandes que ha conocido Bilbao.
Las llamas duraron varios días y en él falleció un bombero al que le cayó una cornisa cuando trataba de sofocar el fuego El resto de la historia la cuenta el mismo en el relato colgado en la página “el espíritu de la Alhóndiga” del taller de literatura viva de la Alhóndiga de Bilbao.
Algunos componentes de dicho taller quisieron conocer el pueblo de donde salió Sixto para convertirse en lo que es hoy.
Fue una visita muy reveladora. Supimos por algunos de sus 82 habitantes actuales que los habitantes de Baños de Rioja siguen teniendo el mismo buen humor que tiene nuestro Espíritu. Como ejemplo de ello nos contaron que el lugar donde algunos se reúnen al atardecer lo llaman el Parlamento porque cada noche se despiden diciendo: “Hablaremos del gobierno”; a una casa solitaria que preside la plaza, la llaman la Moncloa; a un pequeño rincón con hierba y dos bancos que hay junto al cementerio lo llaman el parque de El Retiro.
El monumento más destacable que se conserva en el pueblo es la llamada “Torre de Leiva”, ahora convertida en hotel.
Este edificio con muros de casi metro y medio de grosor formaba parte de una fortaleza que disponía de foso, muralla y baluarte defensivos.
El pueblo y la torre pertenecieron a la familia Leiva desde finales del siglo XIV.
Anteriormente, formaban parte de las extensas posesiones de los López de Haro.
También pertenecieron al Monasterio de San Millán de la Cogolla.
Eran tierras fértiles de las que ambicionaban ser titulares tanto abades como nobles.
Los pobres campesinos pasaban de amo en amo junto con las tierras y las casas. Sus destinos no dependían de sí mismos, sino del amo que les tocara en suerte. Unas veces déspota y despiadado y otras, simplemente exigente, pero siempre ambicioso de poder y de riqueza.
En el año 1254 aconteció un hecho que ha pasado a los anales de la Historia de La Rioja:
Don Diego López III de Haro, señor de Vizcaya y abuelo del fundador de la Villa de Bilbao, también era titular del feudo de Baños.
Estaba casado con doña Constanza de Bearne y Aragón y tenían cinco hijos: Lope, Diego, Urraca, Teresa y Sancha.
Había sido un año de malas cosechas debido a la persistente sequía. Los graneros y las despensas del amo no estaban lo suficientemente llenas y los campesinos estaban sufriendo las crueles consecuencias.
El pueblo era famoso por sus aguas termales y, aunque los señores apenas visitaban el lugar, aquel año Don Diego decidió instalarse en su fortaleza de Baños de Rioja con la intención de tomar las aguas, ya que padecía fuertes dolores a causa del reuma.
Las fidelidades de López de Haro variaban entre Don Fernando, rey de Castilla y el rey de Aragón, pariente de su esposa. Dependía de quién le otorgara más prebendas.
Doña Constanza había influido en sus hijos para que éstos fueran más favorables a su pariente. También el abad del cercano monasterio de San Marcos era partidario del rey de Aragón. Sin embargo, Don Diego se había reconciliado con el de Castilla Don Fernando el Santo y, al morir éste, con su hijo Alfonso X el Sabio.
Respecto a los siervos y campesinos, simplemente cumplían órdenes para sobrevivir.
Una mañana López se introdujo en la poza de aguas termales para aliviar sus dolores como lo hacía todos los días. Al punto empezó a gritar de dolor. Su piel se encogió con rapidez. Cuando sus criados le sacaron de la humeante agua, Don Diego agonizaba pidiendo asistencia para el alma y el cuerpo.
Nunca se supo por qué aquella mañana el agua se calentó más de lo habitual. Tampoco tenía explicación alguna el hecho de que nadie acudiera inmediatamente en su ayuda. Pero lo más extraño fue que el grano acumulado en el almacén apareciera impregnado de la sangre de algunas cabezas de ganado que habían sido descuartizadas.
Es curioso que Don Diego pasara a la Historia como “el Bueno” o “el Malo” según quien escribiera su biografía.
La Convención tuvo como resultado la resolución de crear una Asociación para dar continuidad a los encuentros de los miembros del Taller de Literatura Viva de la Alhóndiga de Bilbao.
Se decidió por unanimidad que dicha entidad se llamará “Asociación Literaria Espíritu de la Alhóndiga”
Se determinó que inmediatamente se empezarían a hacer los trámites oportunos para el registro de la Asociación en el Departamento correspondiente del Gobierno Vasco, como indica la ley.
Incansables en su tarea, decidieron trasladarse a Baños de Rioja, pueblo natal de Sixto Camero Tecedor que se convirtió por obra y gracia del destino en “el espíritu de la Alhóndiga”.
A la vera del río Oja y protegida de los aires del norte por un montículo redondeado por vientos boqueados durante siglos, se encuentra el pequeño pueblo de Baños de Rioja.
Como otros pueblos agrícolas, tiene una Calle Mayor en donde se encuentra la Iglesia, el palacio-torre que perteneció a los señores del lugar, algunas casas con fachada de piedra y otras, la mayoría, de sencilla construcción.
Entre ellas, la que albergó el nacimiento en 1881 de Sixto Camero Tecedor que, por circunstancias cruzadas en su destino, se convirtió años más tarde en el espíritu de la Alhóndiga de Bilbao.
Esta casa también tuvo como testigo los juegos de Sixtito con un primo hermano con el que compartía nombre y segundo apellido y que llegó a ser un prestigioso científico como atestigua la placa en su honor colocada en otra edificación de la calle Mayor.
Muy dispar destino el de ambos primos. Mientras uno optó por estudiar, el otro prefirió quedarse en el pueblo y adoptó el oficio de mulero. Este trabajo le permitía conocer parajes y gentes nuevas. Su carreta cargada con pellejos de vino y tirada por mulas se hizo familiar en lugares tan lejanos como Bilbao.
Fue en esta Villa donde le sorprendió la muerte la madrugada del miércoles, 21 de mayo de 1919.
Sixto había ido a entregar su carga de vino a la Alhóndiga como había hecho en otras ocasiones. Su cuñado, que trabajaba en el almacén de vinos, le abrió la puerta de una de las cúpulas para que pasara la noche. Estaba agotado y había bebido más de la cuenta. El candil que iluminaba la estancia se volcó y eso fue el comienzo de uno de los incendios más grandes que ha conocido Bilbao.
Las llamas duraron varios días y en él falleció un bombero al que le cayó una cornisa cuando trataba de sofocar el fuego El resto de la historia la cuenta el mismo en el relato colgado en la página “el espíritu de la Alhóndiga” del taller de literatura viva de la Alhóndiga de Bilbao.
Algunos componentes de dicho taller quisieron conocer el pueblo de donde salió Sixto para convertirse en lo que es hoy.
Fue una visita muy reveladora. Supimos por algunos de sus 82 habitantes actuales que los habitantes de Baños de Rioja siguen teniendo el mismo buen humor que tiene nuestro Espíritu. Como ejemplo de ello nos contaron que el lugar donde algunos se reúnen al atardecer lo llaman el Parlamento porque cada noche se despiden diciendo: “Hablaremos del gobierno”; a una casa solitaria que preside la plaza, la llaman la Moncloa; a un pequeño rincón con hierba y dos bancos que hay junto al cementerio lo llaman el parque de El Retiro.
El monumento más destacable que se conserva en el pueblo es la llamada “Torre de Leiva”, ahora convertida en hotel.
Este edificio con muros de casi metro y medio de grosor formaba parte de una fortaleza que disponía de foso, muralla y baluarte defensivos.
El pueblo y la torre pertenecieron a la familia Leiva desde finales del siglo XIV.
Anteriormente, formaban parte de las extensas posesiones de los López de Haro.
También pertenecieron al Monasterio de San Millán de la Cogolla.
Eran tierras fértiles de las que ambicionaban ser titulares tanto abades como nobles.
Los pobres campesinos pasaban de amo en amo junto con las tierras y las casas. Sus destinos no dependían de sí mismos, sino del amo que les tocara en suerte. Unas veces déspota y despiadado y otras, simplemente exigente, pero siempre ambicioso de poder y de riqueza.
En el año 1254 aconteció un hecho que ha pasado a los anales de la Historia de La Rioja:
Don Diego López III de Haro, señor de Vizcaya y abuelo del fundador de la Villa de Bilbao, también era titular del feudo de Baños.
Estaba casado con doña Constanza de Bearne y Aragón y tenían cinco hijos: Lope, Diego, Urraca, Teresa y Sancha.
Había sido un año de malas cosechas debido a la persistente sequía. Los graneros y las despensas del amo no estaban lo suficientemente llenas y los campesinos estaban sufriendo las crueles consecuencias.
El pueblo era famoso por sus aguas termales y, aunque los señores apenas visitaban el lugar, aquel año Don Diego decidió instalarse en su fortaleza de Baños de Rioja con la intención de tomar las aguas, ya que padecía fuertes dolores a causa del reuma.
Las fidelidades de López de Haro variaban entre Don Fernando, rey de Castilla y el rey de Aragón, pariente de su esposa. Dependía de quién le otorgara más prebendas.
Doña Constanza había influido en sus hijos para que éstos fueran más favorables a su pariente. También el abad del cercano monasterio de San Marcos era partidario del rey de Aragón. Sin embargo, Don Diego se había reconciliado con el de Castilla Don Fernando el Santo y, al morir éste, con su hijo Alfonso X el Sabio.
Respecto a los siervos y campesinos, simplemente cumplían órdenes para sobrevivir.
Una mañana López se introdujo en la poza de aguas termales para aliviar sus dolores como lo hacía todos los días. Al punto empezó a gritar de dolor. Su piel se encogió con rapidez. Cuando sus criados le sacaron de la humeante agua, Don Diego agonizaba pidiendo asistencia para el alma y el cuerpo.
Nunca se supo por qué aquella mañana el agua se calentó más de lo habitual. Tampoco tenía explicación alguna el hecho de que nadie acudiera inmediatamente en su ayuda. Pero lo más extraño fue que el grano acumulado en el almacén apareciera impregnado de la sangre de algunas cabezas de ganado que habían sido descuartizadas.
Es curioso que Don Diego pasara a la Historia como “el Bueno” o “el Malo” según quien escribiera su biografía.
Sol Aguirre
domingo, 20 de mayo de 2012
Ilu Cambero finalista del Premio Café Compás
María I. Cambero Serrano ha resultado finalista del XV Certamen Literario de Relatos Cortos Café Compás (Memorial Rafael Martínez Sagarra) que organiza la Asociación Literaria y Cultural vallisoletana "Café Compás". El certamen, bajo el tema "Sueños de Eros", establecía un primer premio de 1.500 euros, así como dos accésits, uno de 500 euros y otro dotado con
una serigrafía de Daniel Carrascal Platero con el motivo
del cartel ilustrativo del concurso. Incialmente se han seleccionado un total de diez relatos finalistas entre los que se encuentra el titulado Baile de máscaras, de Ilu Cambero. El acta del jurado con el orden definitivo de los finalistas se publicará antes de la entrega de premios que se celebrará el jueves 14 de junio de 2012 a las 20:00 horas en el Paraninfo de la Universidad de Valladolid.
jueves, 26 de abril de 2012
ARANTZA GORORDO: "Una vida y un cuento"
La niña Juana quería tanto a su
pueblo que pensaba que era suyo. Cuando el trabajo de su padre obligó a la
familia a irse lejos,
comprobó que el verde no es el
color de todos los campos, ni el gris el de todos los cielos. El mar, su ruido,
su olor, había quedado muy lejos. Además, no entendía por qué en el nuevo
colegio llamaban babi a la bata y trenca al tabardo. Tampoco le gustaba que no
lloviera. Sintió tanto dolor al verse alejada de su pueblo que algo en la
garganta, a ella le parecía un nudo, no la dejaba hablar. Por eso empezó a
escribir: “Una pena me entristece / mi Vizcaya yo he perdido”, fueron sus primeros versos.
La niña Juana se hizo mayor
añorando el verde oscuro de su pueblo y se prometió volver algún día a buscarlo. Mientras tanto, la tierra
amarilla, lisa y extensa —Castilla
es ancha y plana como el pecho de un varón— rodeó y coloreó la vida de Juana. Fueron muchos años en los
que se le fue el dolor de garganta, la pena y casi, casi la añoranza. Sin embargo,
la vida es caprichosa, el trabajo la llevó de vuelta a sus orígenes. Creyó que
ahora no sentiría el desarraigo. Ella regresaba. Pero había cambiado mucho y su
tierra también. Sentirse extraña en cualquier situación no es agradable, pero
en tu propia casa es triste; algo así vivió Juana y se puso un pañuelo para
siempre en la garganta.
miércoles, 25 de abril de 2012
JOSÉ MARI ANGULO: "Vía crucis inacabado"
Paseaba por la calle Mayor rememorando tiempos pasados cuando me detuve frente al viejo Gran Casino, cerrado hace años. Recordé a Jesús, el dueño, con el que mantenía una buena amistad.
En el pueblo le llamaban “el rey de los judíos” y, como todos los motes, estaba muy bien puesto. Cuando regentaba la cafetería, la cantidad de las consumiciones menguaba al tiempo que subían los precios por momentos. Nunca existió cliente o amigo al que invitase a tomar algo. Jesús se enorgullecía del apodo porque lo atribuía, ingenuamente, a su papel en la procesión del Viernes Santo, donde todos los años representaba a Cristo en el camino a la crucifixión. Su vida se centraba en la preparación de ese espectáculo. Llevaba varios años jubilado, pero mantenía un rígido programa de entrenamiento, intentando imitar al personaje. Seguía una estricta dieta vegetariana, combinada con una intensa preparación física. Incluso presumía de su virginidad. Practicaba el culto a su cuerpo, que gustaba exhibir públicamente por calles y paseos, ante las sonrisas de quienes le conocían.
Inesperadamente, apareció frente a mí “el rey de los judíos”. Vestía su acostumbrado atuendo formado por un bañador de los años 70 y zapatillas deportivas. El pecho y la espalda, curtidos por el aire, lucían un moreno exagerado. El pelo, rizado hasta los hombros, era canoso entremezclado con mechones de un rubio llamativo que evidenciaba el efecto del agua oxigenada. La carne tensa y vigorosa que tenía tiempo atrás, presentaba un aspecto flácido.
En el pueblo le llamaban “el rey de los judíos” y, como todos los motes, estaba muy bien puesto. Cuando regentaba la cafetería, la cantidad de las consumiciones menguaba al tiempo que subían los precios por momentos. Nunca existió cliente o amigo al que invitase a tomar algo. Jesús se enorgullecía del apodo porque lo atribuía, ingenuamente, a su papel en la procesión del Viernes Santo, donde todos los años representaba a Cristo en el camino a la crucifixión. Su vida se centraba en la preparación de ese espectáculo. Llevaba varios años jubilado, pero mantenía un rígido programa de entrenamiento, intentando imitar al personaje. Seguía una estricta dieta vegetariana, combinada con una intensa preparación física. Incluso presumía de su virginidad. Practicaba el culto a su cuerpo, que gustaba exhibir públicamente por calles y paseos, ante las sonrisas de quienes le conocían.
Inesperadamente, apareció frente a mí “el rey de los judíos”. Vestía su acostumbrado atuendo formado por un bañador de los años 70 y zapatillas deportivas. El pecho y la espalda, curtidos por el aire, lucían un moreno exagerado. El pelo, rizado hasta los hombros, era canoso entremezclado con mechones de un rubio llamativo que evidenciaba el efecto del agua oxigenada. La carne tensa y vigorosa que tenía tiempo atrás, presentaba un aspecto flácido.
—¡Estás como siempre, Jesús! En bañador y a seis grados de temperatura —le dije al saludarle.
—Chechu, seguro que has regresado al pueblo para verme morir con la cruz —contestó con orgullo.
—¡Por supuesto! Mañana estaré en primera fila.
—No te lo pierdas. Con los años he conseguido vivir el calvario, en vez de representarlo.
Iniciaba la procesión una compañía de centuriones romanos que desfilaba al son de una banda de tambores y trompetas. Tras ellos marchaba el condenado. Vestía una túnica blanca, ceñida al cuerpo por un cordón en la cintura. Descalzo y con una corona de espinas en la cabeza, Jesús, encorvado, sostenía entre sus manos una enorme cruz de madera que arrastraba con esfuerzo.
En la Plaza Nueva, lugar de la primera caída, se amontonaba un gentío ansioso de presenciar la interpretación del protagonista. Venía sudoroso y se tambaleaba al compás del redoble de los tambores. Su cara reflejaba cansancio y sus manos sujetaban con fuerza la cruz, como si temiese perderla. Al llegar al sitio establecido, simuló un tropezón, soltó la cruz y cayó de bruces sobre el empedrado. Varias mujeres lanzaron gritos de sorpresa y una estruendosa ovación recompensó aquel magistral batacazo. El golpe y los rasguños que se produjo en la cara, le hicieron perder bastante tiempo en levantarse y retomar la cruz. Un hombre corpulento, vestido de samaritano, tuvo que ayudarle con vehemencia para proseguir el recorrido.
En la calle Bilbao, donde se producía la segunda caída, no cabía un alfiler. Muchas personas que habían asistido a la caída anterior, también querían presenciar la siguiente. Jesús avanzaba con paso lento y los pies cubiertos de barro. Iba tan encorvado por el peso de la cruz, que su cara ensangrentada se acercaba cada vez más al suelo. Con inusitada fruición, se refrescaba con el agua de una esponja que le acercaban y comía los trozos de limón que una mujer le introducía en la boca. Con frecuencia, el samaritano le ayudaba ante las protestas y silbidos de parte del público.
Un par de metros antes del punto fatídico, el condenado levantó su mirada para comprobar la situación. Se detuvo un momento y, haciendo un esfuerzo supremo, avanzó tres pasos más hasta alcanzar un punto rojo pintado sobre el asfalto. Allí mismo cayó fulminado, quedando su cuerpo aprisionado por la enorme cruz. El samaritano acudió veloz en su ayuda, pero Jesús no se movía. Y, extrañamente, siguió inmóvil tras el colosal aplauso del público y los gritos de ánimo que se escuchaban desde todos los rincones. Las miradas de asombro y preocupación que se cruzaban entre los asistentes, dieron paso a un sepulcral silencio que se apoderó de la multitud. Entonces recordé las palabras de Jesús, anticipándome que le vería morir con la cruz. Se le olvidó advertirme que también iba a presenciar su mejor actuación.
Iniciaba la procesión una compañía de centuriones romanos que desfilaba al son de una banda de tambores y trompetas. Tras ellos marchaba el condenado. Vestía una túnica blanca, ceñida al cuerpo por un cordón en la cintura. Descalzo y con una corona de espinas en la cabeza, Jesús, encorvado, sostenía entre sus manos una enorme cruz de madera que arrastraba con esfuerzo.
En la Plaza Nueva, lugar de la primera caída, se amontonaba un gentío ansioso de presenciar la interpretación del protagonista. Venía sudoroso y se tambaleaba al compás del redoble de los tambores. Su cara reflejaba cansancio y sus manos sujetaban con fuerza la cruz, como si temiese perderla. Al llegar al sitio establecido, simuló un tropezón, soltó la cruz y cayó de bruces sobre el empedrado. Varias mujeres lanzaron gritos de sorpresa y una estruendosa ovación recompensó aquel magistral batacazo. El golpe y los rasguños que se produjo en la cara, le hicieron perder bastante tiempo en levantarse y retomar la cruz. Un hombre corpulento, vestido de samaritano, tuvo que ayudarle con vehemencia para proseguir el recorrido.
En la calle Bilbao, donde se producía la segunda caída, no cabía un alfiler. Muchas personas que habían asistido a la caída anterior, también querían presenciar la siguiente. Jesús avanzaba con paso lento y los pies cubiertos de barro. Iba tan encorvado por el peso de la cruz, que su cara ensangrentada se acercaba cada vez más al suelo. Con inusitada fruición, se refrescaba con el agua de una esponja que le acercaban y comía los trozos de limón que una mujer le introducía en la boca. Con frecuencia, el samaritano le ayudaba ante las protestas y silbidos de parte del público.
Un par de metros antes del punto fatídico, el condenado levantó su mirada para comprobar la situación. Se detuvo un momento y, haciendo un esfuerzo supremo, avanzó tres pasos más hasta alcanzar un punto rojo pintado sobre el asfalto. Allí mismo cayó fulminado, quedando su cuerpo aprisionado por la enorme cruz. El samaritano acudió veloz en su ayuda, pero Jesús no se movía. Y, extrañamente, siguió inmóvil tras el colosal aplauso del público y los gritos de ánimo que se escuchaban desde todos los rincones. Las miradas de asombro y preocupación que se cruzaban entre los asistentes, dieron paso a un sepulcral silencio que se apoderó de la multitud. Entonces recordé las palabras de Jesús, anticipándome que le vería morir con la cruz. Se le olvidó advertirme que también iba a presenciar su mejor actuación.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


